En abril de 2009, el Rector Rubén Hallú firmó con CADRA (Centro de Administración de Derechos Reprográficos de Argentina) un convenio mediante el cual se pagan, desde ese momento, unos arbitrarios $240.000 anuales que estarían permitiendo fotocopiar legalmente hasta un 20% de cada libro representado por esta institución (a la cual EUDEBA pertenece). Resulta curioso que no sólo este porcentaje es imposible de fiscalizar, sino que el monto por el cual se suscribió el convenio es absolutamente arbitrario, y su aprobación no fue discutida en el Consejo Superior (alcanzó con la firma de Hallú).
En lugar de preocuparse por “regularizar” las fotocopias que se realizan en las facultades y que, pese a todo, nos permiten continuar con nuestros estudios, el Rector Hallú podría poner énfasis en buscar caminos que posibiliten la masificación del acceso a los materiales de estudio e investigación. Esto podría lograrse invirtiendo ese dinero, por ejemplo, en incrementar los ejemplares de nuestras bibliotecas, financiar la publicación de tesis de doctorado, otorgar más becas de material de lectura para los/as estudiantes que lo necesiten, subsidiar a EUDEBA para que disminuya sus precios.
En efecto, si bien tenemos el privilegio de presenciar la inauguración de un local de EUDEBA en la sede de Constitución de nuestra casa de estudios, también recibimos la desgraciada noticia de que contamos con un magro 10% de descuento, menor incluso al que le aplican a un/a estudiante en cualquier librería de barrio. Tengamos en cuenta que la Editorial tiene la posibilidad de bajar el precio de tapa a la mitad: el 50% de ese monto corresponde normalmente a la librería, que en este caso es la Editorial misma. Como si fuera poco, el local hace uso del espacio físico de nuestra Facultad, quedando más expuesto aún el carácter absurdo del cobro de precios iguales a los se encuentran en los locales de Yenny. Esta política de precios para con la comunidad académica no deja en claro si la apertura de esta librería busca ampliar la difusión de la cultura (como hacía con los kioskos callejeros en los que EUDEBA vendía a precios populares en su “época dorada”) o si pretende ser un punto estratégico de venta, según las intenciones comerciales más corrientes.
Si EUDEBA siguiera una política no guiada en términos mercantiles lo cual es, creemos, su intención, deberíamos poder acceder, como comunidad académica, a los libros a mitad de precio. Quizás así, y no a través de arbitrarios convenios con CADRA, estemos un paso más cerca de los “Libros para todos”.
Sería entonces bueno que el Rector Hallú no se preocupara tanto por los intereses de las grandes editoriales, e iniciara, en cambio, una política de venta de libros a precio estudiantil que tienda a hacer innecesarias las fotocopias, como correspondería a una editorial de la trayectoria de EUDEBA y a los ideales de una educación realmente pública y cada vez más gratuita.